Domingo, 14 de Marzo de 2010


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Opinión: Medicina defensiva, complaciente y ahorradora
8 de diciembre del 2006
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Ofrecemos el artículo de opinión realizado esta semana por el doctor J. L. Alcántara, para azprensa.com
Hace escasos días, se ha celebrado la III Jornada de Comités de Ética de Atención Primaria, impulsada por Fundación Jordi i Gurina, interesantísimo foro donde se han abordado los temas de la Medicina Defensiva y la llamada Medicina de complacencia, resaltándose cómo en Primaria se vive, dentro de los otros retos de la presión asistencial, el hacer frente a las peticiones muchas veces exageradas que de pruebas complementarias y tratamientos específicos exigen los pacientes.
Más en el Sistema Sanitario Público, en el que a los usuarios se les ha “malenseñado” a creerse únicos dueños del dicho sistema, que en el sector de la medicina privada, en efecto, el médico se enfrenta a menudo con el dilema de, manteniéndose dentro de los criterios de una buena praxis, acceder o no a las peticiones de sus pacientes que como una especie de coacción le hacen para que les prescriban radiografías o analíticas que aquellos creen imprescindibles para curar su enfermedad. En dichos casos, cuando el facultativo intenta explicarles la inutilidad o lo innecesario de dichas pruebas, ¿cuántas veces no nos surge la duda del “por si acaso” mejor complacerlos para evitar posibles reclamaciones (medicina defensiva) o situaciones violentas en una consulta con listado de espera de un gran número de asegurados (medicina de complacencia)?
Porque, al final, el ejercicio de ambas posturas incide de una forma muy importante en el gasto sanitario, en épocas que estamos viviendo, en donde las administraciones cada vez utilizan más criterios economicistas y casi coercitivos para frenar los gastos. Con lo cual, el médico se enfrenta a un “tercer peligro” cual es la posibilidad de ser amonestados o desincentivados por dichas administraciones.
En estas Jornadas se ha tenido presente el problema de la comunicación como uno de los procesos que pueden evitar conflictos en la consulta, llegando a explicar uno de los ponentes, el doctor Fransesc Borrell, muy acertadamente este problema con un ejemplo revelador:”A veces, no tenemos que gestionar la enfermedad del hijo, sino el miedo de la madre, que nos exige más antibióticos y más radiografías. Para ello necesitamos buenas habilidades comunicativas”.Y sigue acertando dicho doctor, según recogía Diario Médico, al advertir que “muchas veces los problemas tienen el origen en decisiones de los propios gestores, que abren ventanas de error. Así, incentivar económicamente al médico en función de la prescripción puede llevar a que no se facilite un fármaco necesario a un enfermo para no perder el incentivo”.
Personalmente, no me cansaré de repetir que, al menos en la Sanidad pública, todas estas cuestiones marcharían mucho mejor mediante dos mecanismos que juzgo cada día más necesarios: la implicación de los usuarios en la gestión sanitaria(tal como al fin están demandando a través de sus asociaciones representativas, a las que las administración han de abrir las puertas mediante mecanismos participativos) y campañas de sensibilizaciones y de cultura sanitaria , como puede servir de muestra la actual sobre el peligro que supone el uso indiscriminado de antibióticos.
Según el citado medio de comunicación, cabe destacar una especie de “apostilla” que en las Jornadas recalcaba otro ponente: que la decisión ética de no transigir a las tentaciones de practicar las medicinas defensivas y las de complacencia”no puede variar según el profesional esté en la sanidad pública o en la privada; la buena praxis es una”.
Apostilla a la que uno se atreve a añadir esta otra: que también un buen mecanismo para encausar estos problemas pasa por la participación efectiva de los profesionales médicos en todos los tramos de la gestión sanitaria, arrebatando poder a los gestores políticos, cada vez más apostantes por el empleo solamente de gestos economicistas.
Fuente consultada:
Azprensa
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